miércoles, 13 de mayo de 2026

Chihiro, Sen y las cosas que aún nos salvan

Este pasado fin de semana me contagió un bicho que dicen que anda por Sevilla provocando mocos y malestar, y no, no es el hantavirus —siento decepcionar a los que están demasiado al día—. A mí me regaló un pico de fiebre de 39,5, me dejó todo el fin de semana para el arrastre y me obsequió con un montón de mocos que aún sigo expulsando.

Como estaba tan malo, solo tuve fuerzas para estar en el sofá dormitando y viendo la tele. Así que decidí tirar de mi lista de películas pendientes y, con esto de que a Studio Ghibli le han dado el Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, me acordé de que tenía dos de sus películas en la lista. Al final me decanté por una de ellas: El viaje de Chihiro.

Llevo oyendo hablar de esta película desde hace como 20 años, cuando un compi mío de piso, durante la beca Leonardo en Cracovia, se la ponía en bucle porque le encantaba. Después, otras personas de mi entorno me han hablado siempre maravillas de ella, pero a mí eso de que se tratase de una película de animación japonesa me tiraba un poco para atrás. Hasta que decidí darle una oportunidad.

Finalmente la vi y tengo que decir que, sorprendentemente, me ha calado muchísimo. Es una película rara, que transcurre en un mundo de seres extraños, muchos de ellos con formas animales y grotescas, envuelto todo en un aura entre mitológica y espiritual. Hay que tener la mente muy abierta para verla y dejarse enganchar por ella.

La sinopsis la resumiré diciendo que trata de una niña que, en medio de un viaje de mudanza con sus padres, acaba atrapada de una forma bastante inesperada en un mundo muy extraño del que tiene que salir, mientras intenta rescatar a sus padres. Y por el camino acaba creciendo, interior y exteriormente, de una manera bastante llamativa.

No voy a desvelar más, pero la banda sonora, algunos personajes y, sobre todo, la escena del tren… uffff. Se me ha quedado muy adentro.

En ese viaje, Chihiro se ve casi obligada a perderse a sí misma. Le cambian el nombre y pasa a llamarse Sen, pero ella lucha por no dejar de ser Chihiro. La película me parece una metáfora de cómo el mundo y la sociedad avanzan dejándose al ser humano por el camino, y de cómo bajar la guardia puede llevarte a dejar de ser tú mismo casi sin darte cuenta.

Ha sido muy revelador verla justo ahora. Me ha hecho replantearme cosas. Te das cuenta de cómo el mundo, los avances y el afán por no estar desconectado te comen y te van deshaciendo sin que apenas te percates. Y es ahí donde, de pronto, me ha llegado un cierto impulso por retomar el control. Por volver a hacer cosas que dejamos de hacer hace más de 10 años y que ya parecen obsoletas, pero que en cierta medida siguen siendo importantes porque te permiten seguir siendo tú.

De momento he vuelto a escuchar música en CD y me he cerrado el Instagram.

Por algo se empieza.

2 comentarios:

  1. Una película con muchas capas de interpretación y una riqueza simbólica que hace que cada visionado revele nuevos matices. Reflexiona sobre la memoria, la identidad y el crecimiento personal. La importancia de recordar quién eres y no olvidar tu nombre se convierte en un símbolo de resistencia. Personajes como las hermanas representan distintas lógicas económicas y sociales, donde la idea de que “para sobrevivir tienes que trabajar” estructura las relaciones dentro del balneario. La naturaleza, la música. Y la escena del tren... Me alegra que la hayas visto.

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