sábado, 12 de septiembre de 2026

El Poder de un Boli

Hace un par de días me convocaron a una reunión que tengo que hacer a diario en el trabajo. Es una reunión que me resulta soporífera, tanto que, cuando se acerca la hora de tenerla, ya me entra el sopor y la desgana y, cuando estoy haciéndola, solo estoy pensando todo el rato en que termine... Y cuando ese momento llega, lo vivo como una liberación, como si no tuviera que volver a vivir ese momento más.

Pero en esta ocasión hice algo que he decidido adoptar como hábito desde hace un par de meses: poner papel y boli en la mesa y coger un boli mientras me reúno para apuntar cosas... Algo a lo que el uso del teclado y ratón me ha ido desacostumbrando paulatinamente desde hace ya varios años.

Es curioso cómo en ese momento me sentí... tremendamente humano, poderoso incluso. Y seguí la reunión con más interés y actividad que en ocasiones anteriores.



Pensé en todo lo que estamos perdiendo desde que usamos la IA. El último informe PISA ha arrojado una conclusión muy inquietante: los alumnos están dejando de pensar porque dejan que la IA piense por ellos...

La tecnología nos está dando un mundo de posibilidades infinitas, lo sé yo bien, que vivo de ella por mi profesión... Y, sin embargo, tanta posibilidad me estresa, me pierde, me bloquea...

Y, sin embargo, solo tenía que hacer algo tan humano como coger un boli para, de pronto, recuperar una sensación de poder que hacía ya un tiempo que no sentía.

Leer... Escribir... Recuperar el control. Que no se pierda.

sábado, 8 de agosto de 2026

Cristina

Hace mucho tiempo, en mi antiguo y desaparecido blog de Blogspot, escribí una entrada sobre Cristina.

Cristina era una chica de mi colegio con una discapacidad intelectual que se pasaba todo el recreo dando paseos por el patio. Lo hacía en una postura muy particular, con las manos levantadas, una delante y otra detrás.

Recuerdo que romanticé mucho a Cristina en aquel post: quise ver en ella la simplicidad de ser feliz dando paseos, ajena a todo lo demás.

Hoy sé que la realidad no siempre es tan romántica. Cristina era hija de un maestro del colegio y tenía un trastorno del espectro autista muy severo.

Aunque no es algo equiparable, ahora tengo una madre con Alzheimer avanzado que la hace deambular constantemente, apilar y guardar cosas compulsivamente y hablar todo el rato diciendo cosas sin sentido. Es algo duro de ver cuando mi madre ha sido una persona tan excepcional y ves cómo la enfermedad va borrando todo eso...

Pero también consuela saber que esos comportamientos repetitivos son, en cierto modo, su forma de regularse. Y ahí veo el parecido con aquellos paseos interminables de Cristina por el patio del colegio.

Al final, son situaciones provocadas por realidades muy distintas, pero que me hacen pensar también en lo poco que, en el fondo, necesitamos a veces para regularnos.

Esta noche he descubierto a un grupo llamado MEER en Bandcamp. Y escuchar sus canciones me ha regulado más que mil horas de terapia y toneladas de Vortioxetina.

Han sido mis paseos de Cristina y mis cajitas ordenadas por mi madre.

martes, 21 de julio de 2026

Cuando todo es perder

España ha ganado su segundo Mundial y es una noticia que tiene a todo el mundo extasiado. Yo no he visto ningún partido de este Mundial, ni siquiera la final, porque me angustio y bastante angustia tengo ya en mi vida. Pero ayer, cuando España ya era campeona del mundo, puse la tele para ver la celebración porque, la verdad, la sensación de ganar es bonita y mola disfrutarla.

Por desgracia, hay etapas en las que se gana poco y solo se pierde. Yo llevo una rachita de perder que ya cansa bastante. O pierdo o vivo con el riesgo de perder, pero son pérdidas una detrás de otra. Al principio de esta racha infame de pérdidas, hace ya casi ocho años, leí un libro de Albert Espinosa en el que decía que tenemos que aprender a perder para ser más felices. Y qué quieres que te diga: tiene razón el caballero, pero tampoco tanto… Ni que decir tiene que los dos libros suyos que leí me resultaron un poco entre raros y siniestros, y decidí donarlos a una librería de segunda mano.

Hay que aprender a perder, no te digo que no, pero a veces uno pierde demasiado. Diría que vive a base de encadenar duelos y pérdidas, y uno se cansa… se cansa mucho. Pierdes familia porque unos mueren, otros desaparecen de tu vida y otros casos —como el de mi madre, que acaba de ingresar en una residencia por su Alzheimer avanzado— son pérdidas ambiguas y muy dolorosas. Pierdo el hogar familiar donde me crié y muchas de las sensaciones que me han acompañado durante toda mi vida. Pierdo la juventud, pierdo la ilusión con la que empecé en mi profesión y pierdo hasta la armonía de vivir en un barrio medio qué. Y vivo con el riesgo de perder otras cosas que todavía no me atrevo a soltar.

Con tanta pérdida, solo me queda ver cómo la selección gana un Mundial… porque, total, a falta de ganar yo nada, me quedo con un trocito de esa victoria que es de todos los españolitos.

miércoles, 10 de junio de 2026

La Chispita de los Coj*nes

Hoy me han dicho que me falta “una chispita”. Una chispita que me motive a hacer cosas que me llenen. Que estoy apagado. Que hay algo en mí que no termina de encenderse.

Y yo, la verdad, estoy un poco harto de la chispita.

No sé por qué no la tengo, pero tampoco será porque no la busque. Intento tener ilusión. Intento hacer cosas. Intento encontrar algo que me arrastre un poco, que me empuje, que me saque de esta especie de modo ahorro de energía en el que parece haberse quedado mi cabeza.

Pero hace tiempo que la vida me dejó bastante claro que tampoco conviene ilusionarse demasiado. Que las cosas cambian de un día para otro. Que lo que hoy parece estable mañana puede venirse abajo sin pedir permiso. Y cuando la vida me enseñó eso, decidí hacer algo que también se recomienda mucho: valorar lo que tenía.

Y ojo, creo que valorar lo que uno tiene es una buena filosofía. Seguramente sea una de las más sanas. Pero no sé si mi sistema límbico, mi córtex prefrontal o la parte del cerebro que sea la encargada de mantenerme enérgico y con ganas, consigue arrancar solo a base de centrarse en lo que hay.

Porque lo que hay, muchas veces, también cansa.

Pasarse nueve horas delante de un ordenador haciendo cosas aburridas y capeando a gente con lógicas absurdas. Ir a hacer deporte porque dicen que es bueno, aunque a mí me aburra como una ostra. Intentar tocar una canción con la guitarra y que el puñetero acorde de cejilla me haga daño en la mano hasta convertir en desagradable algo que se suponía que tenía que ser placentero. Intentar aprender algo chulo de mi profesión cuando esas mismas nueve horas de trabajo ya me han dejado el cerebro frito. Intentar leer con la cabeza completamente abducida por la dopamina barata de las redes sociales. Jugar a un videojuego y que te maten una y otra vez hasta que, más que divertirte, te desesperas.

Y escuchar música.

¿Por qué ya no vibro con la música?

Eso quizá es lo que más me inquieta. Porque la música siempre ha sido mi refugio, mi termómetro, mi forma de entenderme sin tener que explicarme demasiado. Y ahora muchas veces la pongo y está ahí, sonando, pero algo no atraviesa. Algo no llega al sitio al que antes llegaba.

Vivo. Y agradezco vivir. También agradezco vivir como vivo, porque sé que no es poco. Tengo cosas buenas, tengo gente, tengo techo, tengo cierta estabilidad. Lo sé. No necesito que nadie me lo recuerde.

Pero saberlo no siempre basta para encenderse.

El mechero tiene ya la piedra gastada y no consigo que salte la chispita. A veces parece que hago todo lo que se supone que hay que hacer para estar mejor, pero el mecanismo no prende. Como si por fuera siguiera funcionando y por dentro hubiera algo que no termina de arrancar.

Joer con la chispita.

miércoles, 27 de mayo de 2026

De Gilip*llas que sobran y otras cosas

Sigo en mi búsqueda de cosas auténticas para refugiarme de aquello en lo que la vida se ha convertido. Lo de quitarme Instagram me ha ido bien, y lo de escuchar música en CD, también. La pasada semana, además, me reencontré con mi profe y mi compañero de las clases de canto, que dejé hace ya casi cuatro años, y fuimos a ver un concierto de un muy buen músico llamado Javier Pereyra, que ha hecho un disco delicioso titulado Esencia, del cual, por supuesto, me compré el CD físico, si bien el disco también está en las plataformas de streaming.

Fue una sensación muy placentera y extraña estar en aquel concierto. En el escenario hubo un derroche tremendo de talento, música en directo y mucha, muchísima emoción. Eché la vista atrás y la sala estaba llena, pero tampoco abarrotada, y lo percibí como una muy buena metáfora de cómo vivimos el mundo hoy día: adormecidos por las pantallas y por lo que la industria primero, y un algoritmo después, nos dictan y despreciando las cosas que son bonitas de verdad.

Aun así, tuve una reconexión emocional bastante fuerte… Quizá, de alguna manera, aquella música consiguió por un momento penetrar la anestesia emocional que tantos acontecimientos duros y tanta evolución absurda del mundo me han provocado. Y fue bonito, la verdad. Por desgracia, fue salir del concierto y la anestesia volvió a apoderarse de mí.

Ahora presiento que se avecinan cambios —y aquí me voy a permitir ser críptico, porque aún esto pertenece a la esfera de lo privado o íntimo—. Solo diré que son cambios que me alejan un poquito más de ese mundo auténtico, lleno de cosas reales, de aquellas cosas que aún nos salvan, como escribí en el anterior post.

En el último Benidorm Fest participó el grupo Funambulista, que cantaba una canción muy en línea con las cosas que menciono en este post y en algunos anteriores. En ella canta: “Sobran gilip*llas y me faltas tú”, lo cual es una enorme verdad. Por supuesto, no pasó a la final, dando fe de lo cierta que era aquella letra.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Chihiro, Sen y las cosas que aún nos salvan

Este pasado fin de semana me contagió un bicho que dicen que anda por Sevilla provocando mocos y malestar, y no, no es el hantavirus —siento decepcionar a los que están demasiado al día—. A mí me regaló un pico de fiebre de 39,5, me dejó todo el fin de semana para el arrastre y me obsequió con un montón de mocos que aún sigo expulsando.

Como estaba tan malo, solo tuve fuerzas para estar en el sofá dormitando y viendo la tele. Así que decidí tirar de mi lista de películas pendientes y, con esto de que a Studio Ghibli le han dado el Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, me acordé de que tenía dos de sus películas en la lista. Al final me decanté por una de ellas: El viaje de Chihiro.

Llevo oyendo hablar de esta película desde hace como 20 años, cuando un compi mío de piso, durante la beca Leonardo en Cracovia, se la ponía en bucle porque le encantaba. Después, otras personas de mi entorno me han hablado siempre maravillas de ella, pero a mí eso de que se tratase de una película de animación japonesa me tiraba un poco para atrás. Hasta que decidí darle una oportunidad.

Finalmente la vi y tengo que decir que, sorprendentemente, me ha calado muchísimo. Es una película rara, que transcurre en un mundo de seres extraños, muchos de ellos con formas animales y grotescas, envuelto todo en un aura entre mitológica y espiritual. Hay que tener la mente muy abierta para verla y dejarse enganchar por ella.

La sinopsis la resumiré diciendo que trata de una niña que, en medio de un viaje de mudanza con sus padres, acaba atrapada de una forma bastante inesperada en un mundo muy extraño del que tiene que salir, mientras intenta rescatar a sus padres. Y por el camino acaba creciendo, interior y exteriormente, de una manera bastante llamativa.

No voy a desvelar más, pero la banda sonora, algunos personajes y, sobre todo, la escena del tren… uffff. Se me ha quedado muy adentro.

En ese viaje, Chihiro se ve casi obligada a perderse a sí misma. Le cambian el nombre y pasa a llamarse Sen, pero ella lucha por no dejar de ser Chihiro. La película me parece una metáfora de cómo el mundo y la sociedad avanzan dejándose al ser humano por el camino, y de cómo bajar la guardia puede llevarte a dejar de ser tú mismo casi sin darte cuenta.

Ha sido muy revelador verla justo ahora. Me ha hecho replantearme cosas. Te das cuenta de cómo el mundo, los avances y el afán por no estar desconectado te comen y te van deshaciendo sin que apenas te percates. Y es ahí donde, de pronto, me ha llegado un cierto impulso por retomar el control. Por volver a hacer cosas que dejamos de hacer hace más de 10 años y que ya parecen obsoletas, pero que en cierta medida siguen siendo importantes porque te permiten seguir siendo tú.

De momento he vuelto a escuchar música en CD y me he cerrado el Instagram.

Por algo se empieza.

sábado, 2 de mayo de 2026

¿Cómo no caer en el pesimismo?

Hoy he pasado el día con mi madre y mi hermana. Es primero de Mayo, Fiesta del Trabajo, y la cuidadora de mi madre libraba, así que mi hermana y yo teníamos que cubrirla. Ha sido un día bonito, con un tiempo maravilloso, aunque he tardado casi dos horas en llegar a Jerez desde Sevilla en lugar de la hora y diez minutos habituales. Ya se sabe... las temperaturas suben y todos a Cadizfornia, que está muy de moda.

A la vuelta a Sevilla, por la noche, no he tenido tanto problema y he tenido tiempo de pensar. Conforme iba conduciendo, me iba dando cuenta de la cantidad de cosas que me joden en la vida. Es un ejercicio totalmente antiterapéutico, ya que siempre se nos incita a pensar en lo bueno que tiene la vida... y joder, si lo hago, ¡no me queda otra! Pero ¿cómo evitar caer en el pesimismo cuando el mundo se llena cada vez de más cosas que joden?

Me jode el FOMO de la gente. Todos quieren ir al mismo sitio, al mismo tiempo y en las mismas fechas. Ya nada se puede disfrutar: la Feria de Abril, las playas de Cádiz, un viaje a donde sea. A ver... siempre ha habido sitios populares y concurridos, pero es que ahora es horrible.

Me jode darme cuenta de que estamos gobernados por políticos mediocres, de cualquier color. Cuando cumples más de cuarenta años caes en la cuenta de que esos políticos que creías más experimentados y curtidos que tú, con criterio y competencia para desempeñar su labor, son el equivalente a ese inútil que tienes en el trabajo y al que le dan la patada hacia arriba porque no saben qué hacer con él y es caro despedirlo. Ves cómo el puente del Centenario de Sevilla se ha quedado con la obra a medio hacer, las carreteras de circunvalación colapsadas porque la segunda circunvalación también la dejan a medias, y los trenes funcionan mal y están saturados... Y todo eso lo unes a un montón de cosas que no funcionan, patrocinadas por políticos que hacen gala de un cinismo insultante y nos tratan como a imbéciles.

Me jode la gente que no se resigna a que el límite de velocidad en autopista son 120 km/h. Que te pillen por el carril izquierdo circulando a esa velocidad y se dediquen a pegarse a tu maletero y hacerte luces, generando más inseguridad si cabe... ¿Es que no ven el cuentakilómetros?

Me jode vivir en una ciudad vendida al turismo, donde todo es cada vez más de cartón piedra y donde nada de lo nuevo que se construye se hace pensando en quienes vivimos en ella, sino en quienes vienen de fuera.

Me jode la música que se hace hoy en día. Se han anunciado tres conciertos de Karol G en Sevilla y las entradas se han agotado en minutos... Tomemos a Karol G como síntoma de lo que es la música a día de hoy: gente que no sabe cantar y que hace música sobreproducida y sin ningún sentimiento. Pero es lo que está de moda y hay que ir —véase el párrafo sobre lo que me jode el FOMO de la gente—.

Me jode ver la Isla de la Cartuja hecha un vertedero, con edificios semiarruinados. Con lo bonita que era la Expo 92... con lo bien que podría estar esa zona... y cómo puede haber tantísima dejadez.

Bueno, yo qué sé... el mundo se empeña en llenarse de cosas que me joden. Y en terapia me dicen que tengo que ver el lado bueno de las cosas... A veces parece una broma de mal gusto.