martes, 21 de julio de 2026

Cuando todo es perder

España ha ganado su segundo Mundial y es una noticia que tiene a todo el mundo extasiado. Yo no he visto ningún partido de este Mundial, ni siquiera la final, porque me angustio y bastante angustia tengo ya en mi vida. Pero ayer, cuando España ya era campeona del mundo, puse la tele para ver la celebración porque, la verdad, la sensación de ganar es bonita y mola disfrutarla.

Por desgracia, hay etapas en las que se gana poco y solo se pierde. Yo llevo una rachita de perder que ya cansa bastante. O pierdo o vivo con el riesgo de perder, pero son pérdidas una detrás de otra. Al principio de esta racha infame de pérdidas, hace ya casi ocho años, leí un libro de Albert Espinosa en el que decía que tenemos que aprender a perder para ser más felices. Y qué quieres que te diga: tiene razón el caballero, pero tampoco tanto… Ni que decir tiene que los dos libros suyos que leí me resultaron un poco entre raros y siniestros, y decidí donarlos a una librería de segunda mano.

Hay que aprender a perder, no te digo que no, pero a veces uno pierde demasiado. Diría que vive a base de encadenar duelos y pérdidas, y uno se cansa… se cansa mucho. Pierdes familia porque unos mueren, otros desaparecen de tu vida y otros casos —como el de mi madre, que acaba de ingresar en una residencia por su Alzheimer avanzado— son pérdidas ambiguas y muy dolorosas. Pierdo el hogar familiar donde me crié y muchas de las sensaciones que me han acompañado durante toda mi vida. Pierdo la juventud, pierdo la ilusión con la que empecé en mi profesión y pierdo hasta la armonía de vivir en un barrio medio qué. Y vivo con el riesgo de perder otras cosas que todavía no me atrevo a soltar.

Con tanta pérdida, solo me queda ver cómo la selección gana un Mundial… porque, total, a falta de ganar yo nada, me quedo con un trocito de esa victoria que es de todos los españolitos.

miércoles, 10 de junio de 2026

La Chispita de los Coj*nes

Hoy me han dicho que me falta “una chispita”. Una chispita que me motive a hacer cosas que me llenen. Que estoy apagado. Que hay algo en mí que no termina de encenderse.

Y yo, la verdad, estoy un poco harto de la chispita.

No sé por qué no la tengo, pero tampoco será porque no la busque. Intento tener ilusión. Intento hacer cosas. Intento encontrar algo que me arrastre un poco, que me empuje, que me saque de esta especie de modo ahorro de energía en el que parece haberse quedado mi cabeza.

Pero hace tiempo que la vida me dejó bastante claro que tampoco conviene ilusionarse demasiado. Que las cosas cambian de un día para otro. Que lo que hoy parece estable mañana puede venirse abajo sin pedir permiso. Y cuando la vida me enseñó eso, decidí hacer algo que también se recomienda mucho: valorar lo que tenía.

Y ojo, creo que valorar lo que uno tiene es una buena filosofía. Seguramente sea una de las más sanas. Pero no sé si mi sistema límbico, mi córtex prefrontal o la parte del cerebro que sea la encargada de mantenerme enérgico y con ganas, consigue arrancar solo a base de centrarse en lo que hay.

Porque lo que hay, muchas veces, también cansa.

Pasarse nueve horas delante de un ordenador haciendo cosas aburridas y capeando a gente con lógicas absurdas. Ir a hacer deporte porque dicen que es bueno, aunque a mí me aburra como una ostra. Intentar tocar una canción con la guitarra y que el puñetero acorde de cejilla me haga daño en la mano hasta convertir en desagradable algo que se suponía que tenía que ser placentero. Intentar aprender algo chulo de mi profesión cuando esas mismas nueve horas de trabajo ya me han dejado el cerebro frito. Intentar leer con la cabeza completamente abducida por la dopamina barata de las redes sociales. Jugar a un videojuego y que te maten una y otra vez hasta que, más que divertirte, te desesperas.

Y escuchar música.

¿Por qué ya no vibro con la música?

Eso quizá es lo que más me inquieta. Porque la música siempre ha sido mi refugio, mi termómetro, mi forma de entenderme sin tener que explicarme demasiado. Y ahora muchas veces la pongo y está ahí, sonando, pero algo no atraviesa. Algo no llega al sitio al que antes llegaba.

Vivo. Y agradezco vivir. También agradezco vivir como vivo, porque sé que no es poco. Tengo cosas buenas, tengo gente, tengo techo, tengo cierta estabilidad. Lo sé. No necesito que nadie me lo recuerde.

Pero saberlo no siempre basta para encenderse.

El mechero tiene ya la piedra gastada y no consigo que salte la chispita. A veces parece que hago todo lo que se supone que hay que hacer para estar mejor, pero el mecanismo no prende. Como si por fuera siguiera funcionando y por dentro hubiera algo que no termina de arrancar.

Joer con la chispita.

miércoles, 27 de mayo de 2026

De Gilip*llas que sobran y otras cosas

Sigo en mi búsqueda de cosas auténticas para refugiarme de aquello en lo que la vida se ha convertido. Lo de quitarme Instagram me ha ido bien, y lo de escuchar música en CD, también. La pasada semana, además, me reencontré con mi profe y mi compañero de las clases de canto, que dejé hace ya casi cuatro años, y fuimos a ver un concierto de un muy buen músico llamado Javier Pereyra, que ha hecho un disco delicioso titulado Esencia, del cual, por supuesto, me compré el CD físico, si bien el disco también está en las plataformas de streaming.

Fue una sensación muy placentera y extraña estar en aquel concierto. En el escenario hubo un derroche tremendo de talento, música en directo y mucha, muchísima emoción. Eché la vista atrás y la sala estaba llena, pero tampoco abarrotada, y lo percibí como una muy buena metáfora de cómo vivimos el mundo hoy día: adormecidos por las pantallas y por lo que la industria primero, y un algoritmo después, nos dictan y despreciando las cosas que son bonitas de verdad.

Aun así, tuve una reconexión emocional bastante fuerte… Quizá, de alguna manera, aquella música consiguió por un momento penetrar la anestesia emocional que tantos acontecimientos duros y tanta evolución absurda del mundo me han provocado. Y fue bonito, la verdad. Por desgracia, fue salir del concierto y la anestesia volvió a apoderarse de mí.

Ahora presiento que se avecinan cambios —y aquí me voy a permitir ser críptico, porque aún esto pertenece a la esfera de lo privado o íntimo—. Solo diré que son cambios que me alejan un poquito más de ese mundo auténtico, lleno de cosas reales, de aquellas cosas que aún nos salvan, como escribí en el anterior post.

En el último Benidorm Fest participó el grupo Funambulista, que cantaba una canción muy en línea con las cosas que menciono en este post y en algunos anteriores. En ella canta: “Sobran gilip*llas y me faltas tú”, lo cual es una enorme verdad. Por supuesto, no pasó a la final, dando fe de lo cierta que era aquella letra.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Chihiro, Sen y las cosas que aún nos salvan

Este pasado fin de semana me contagió un bicho que dicen que anda por Sevilla provocando mocos y malestar, y no, no es el hantavirus —siento decepcionar a los que están demasiado al día—. A mí me regaló un pico de fiebre de 39,5, me dejó todo el fin de semana para el arrastre y me obsequió con un montón de mocos que aún sigo expulsando.

Como estaba tan malo, solo tuve fuerzas para estar en el sofá dormitando y viendo la tele. Así que decidí tirar de mi lista de películas pendientes y, con esto de que a Studio Ghibli le han dado el Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, me acordé de que tenía dos de sus películas en la lista. Al final me decanté por una de ellas: El viaje de Chihiro.

Llevo oyendo hablar de esta película desde hace como 20 años, cuando un compi mío de piso, durante la beca Leonardo en Cracovia, se la ponía en bucle porque le encantaba. Después, otras personas de mi entorno me han hablado siempre maravillas de ella, pero a mí eso de que se tratase de una película de animación japonesa me tiraba un poco para atrás. Hasta que decidí darle una oportunidad.

Finalmente la vi y tengo que decir que, sorprendentemente, me ha calado muchísimo. Es una película rara, que transcurre en un mundo de seres extraños, muchos de ellos con formas animales y grotescas, envuelto todo en un aura entre mitológica y espiritual. Hay que tener la mente muy abierta para verla y dejarse enganchar por ella.

La sinopsis la resumiré diciendo que trata de una niña que, en medio de un viaje de mudanza con sus padres, acaba atrapada de una forma bastante inesperada en un mundo muy extraño del que tiene que salir, mientras intenta rescatar a sus padres. Y por el camino acaba creciendo, interior y exteriormente, de una manera bastante llamativa.

No voy a desvelar más, pero la banda sonora, algunos personajes y, sobre todo, la escena del tren… uffff. Se me ha quedado muy adentro.

En ese viaje, Chihiro se ve casi obligada a perderse a sí misma. Le cambian el nombre y pasa a llamarse Sen, pero ella lucha por no dejar de ser Chihiro. La película me parece una metáfora de cómo el mundo y la sociedad avanzan dejándose al ser humano por el camino, y de cómo bajar la guardia puede llevarte a dejar de ser tú mismo casi sin darte cuenta.

Ha sido muy revelador verla justo ahora. Me ha hecho replantearme cosas. Te das cuenta de cómo el mundo, los avances y el afán por no estar desconectado te comen y te van deshaciendo sin que apenas te percates. Y es ahí donde, de pronto, me ha llegado un cierto impulso por retomar el control. Por volver a hacer cosas que dejamos de hacer hace más de 10 años y que ya parecen obsoletas, pero que en cierta medida siguen siendo importantes porque te permiten seguir siendo tú.

De momento he vuelto a escuchar música en CD y me he cerrado el Instagram.

Por algo se empieza.

sábado, 2 de mayo de 2026

¿Cómo no caer en el pesimismo?

Hoy he pasado el día con mi madre y mi hermana. Es primero de Mayo, Fiesta del Trabajo, y la cuidadora de mi madre libraba, así que mi hermana y yo teníamos que cubrirla. Ha sido un día bonito, con un tiempo maravilloso, aunque he tardado casi dos horas en llegar a Jerez desde Sevilla en lugar de la hora y diez minutos habituales. Ya se sabe... las temperaturas suben y todos a Cadizfornia, que está muy de moda.

A la vuelta a Sevilla, por la noche, no he tenido tanto problema y he tenido tiempo de pensar. Conforme iba conduciendo, me iba dando cuenta de la cantidad de cosas que me joden en la vida. Es un ejercicio totalmente antiterapéutico, ya que siempre se nos incita a pensar en lo bueno que tiene la vida... y joder, si lo hago, ¡no me queda otra! Pero ¿cómo evitar caer en el pesimismo cuando el mundo se llena cada vez de más cosas que joden?

Me jode el FOMO de la gente. Todos quieren ir al mismo sitio, al mismo tiempo y en las mismas fechas. Ya nada se puede disfrutar: la Feria de Abril, las playas de Cádiz, un viaje a donde sea. A ver... siempre ha habido sitios populares y concurridos, pero es que ahora es horrible.

Me jode darme cuenta de que estamos gobernados por políticos mediocres, de cualquier color. Cuando cumples más de cuarenta años caes en la cuenta de que esos políticos que creías más experimentados y curtidos que tú, con criterio y competencia para desempeñar su labor, son el equivalente a ese inútil que tienes en el trabajo y al que le dan la patada hacia arriba porque no saben qué hacer con él y es caro despedirlo. Ves cómo el puente del Centenario de Sevilla se ha quedado con la obra a medio hacer, las carreteras de circunvalación colapsadas porque la segunda circunvalación también la dejan a medias, y los trenes funcionan mal y están saturados... Y todo eso lo unes a un montón de cosas que no funcionan, patrocinadas por políticos que hacen gala de un cinismo insultante y nos tratan como a imbéciles.

Me jode la gente que no se resigna a que el límite de velocidad en autopista son 120 km/h. Que te pillen por el carril izquierdo circulando a esa velocidad y se dediquen a pegarse a tu maletero y hacerte luces, generando más inseguridad si cabe... ¿Es que no ven el cuentakilómetros?

Me jode vivir en una ciudad vendida al turismo, donde todo es cada vez más de cartón piedra y donde nada de lo nuevo que se construye se hace pensando en quienes vivimos en ella, sino en quienes vienen de fuera.

Me jode la música que se hace hoy en día. Se han anunciado tres conciertos de Karol G en Sevilla y las entradas se han agotado en minutos... Tomemos a Karol G como síntoma de lo que es la música a día de hoy: gente que no sabe cantar y que hace música sobreproducida y sin ningún sentimiento. Pero es lo que está de moda y hay que ir —véase el párrafo sobre lo que me jode el FOMO de la gente—.

Me jode ver la Isla de la Cartuja hecha un vertedero, con edificios semiarruinados. Con lo bonita que era la Expo 92... con lo bien que podría estar esa zona... y cómo puede haber tantísima dejadez.

Bueno, yo qué sé... el mundo se empeña en llenarse de cosas que me joden. Y en terapia me dicen que tengo que ver el lado bueno de las cosas... A veces parece una broma de mal gusto.

domingo, 19 de abril de 2026

La Removición

(Ya sé que el título de la entrada es una palabra que no existe; la he usado adrede)

¡Estoy por fin de vacaciones! Y buena falta que me hacía. La semana que viene es la Feria de Abril en Sevilla y me he cogido los días que no disfruté en Semana Santa. La verdad es que los necesitaba muchísimo. Me aburro tanto en el trabajo que siento que necesito tiempo para dedicárselo a mí y a mis proyectos personales, que van desde hacer webs o leer, hasta jugar a la consola o directamente sentarme en el sofá y practicar diversas formas de onanismo.

Estoy muy volcado con mi web del Cajón Cofrade, ya que me ayuda a sobrevivir un poco a la resaca cofradiera de después de Semana Santa (es complicado dejarla atrás, incluso en estos tiempos en los que Sevilla está llena de procesiones por doquier durante el año). Cuando me pongo a subir contenido al portal me gusta ambientarme: rodearme de mis coleccionables, poner música de Semana Santa o algún vídeo. Hoy decidí abrir mi Jellyfin —ese Netflix casero que tengo montado con material propio— y reproducir un rip del DVD editado sobre la procesión Magna que se celebró en Jerez el Sábado Santo del año 2000, así que lo puse de fondo y seguí con mis labores.

Huelga decir que aquel acontecimiento caló mucho en mí. En el año 2000, cualquier procesión extraordinaria hacía honor a su nombre: era realmente raro ver una procesión de Semana Santa fuera de su día correspondiente, y en Jerez especialmente, pues el obispo de entonces era un hombre muy humilde al que no le tenía especial aprecio a la pompa y ostentación de las cofradías, así que ver esa procesión era como presenciar algo que sabías que no volverías a ver en tu vida.

Tengo recuerdos casi fotográficos de aquel día: cómo amaneció lloviendo y la procesión casi se cancela (eso lo cuenta el DVD), cómo me adelanté para ir a verla con mi amigo Abraham y poder ver los pasos acercarse al recorrido oficial, cómo mi amiga Isa y su hermana —primas de Abraham— se unieron después y, como aquello les resultaba tan tedioso, acabaron marchándose al McDonald's a comerse una hamburguesa… y cómo yo estaba entre extasiado y catatónico contemplando aquella sucesión de 31 pasos que representaban en orden cronológico la Pasión de Cristo. Fue algo brutal para mí.

Ver ese DVD desde entonces me hace revivir ese momento, y hoy no era menos, aunque no le estaba prestando demasiada atención… hasta que vi esta imagen (pongo solo una captura):

Se trata del paso de misterio de la Hermandad de la Amargura de Jerez —representa el momento de la Flagelación de Cristo—, a la que pertenecí desde los 10 años hasta los 24. Y me quedé mirándola fijamente. No sé si es ese cielo de atardecer, o esa esquina en la que apenas se adivina la calle pero tiene esa pátina tan propia de Jerez… o el silencio con el que el paso avanzaba —en la magna los pasos iban sin música; solo había algunas bandas intercaladas cada ocho o diez pasos—. El caso es que me removió verla.

De pronto volvía a tener 16 años, volvía a vivir en Jerez y mis únicos problemas eran sacar buenas notas en el instituto y que no se metieran mucho conmigo… bueno, y no quedarme sin amigos, algo que siempre me ha costado mucho tener (al menos hasta que fui adulto). De pronto mi padre estaba aún en la azotea, mi perrita Lola correteaba por la casa —con ella me llevaba fatal, eso sí— y mi madre no tenía Alzheimer y me estaba esperando para hacerme de comer al día siguiente. Mis hermanas también vivían en casa y mi mundo estaba en Jerez, en mi barrio, en mi instituto y poco más. Sé que entonces no todo era de color de rosa… sé que muchas cosas ahora son mejor que antes… pero también había entonces cosas que me gustaban y que ahora no es que sean peor: es que simplemente no están.

Quizá por eso me alegro mucho cada vez que pienso que viví y disfruté todo aquello tan intensamente como pude. Gracias a Dios.

Pero qué pena se me ha quedado…

domingo, 12 de abril de 2026

Los domingos al sol

Hoy ha sido uno de esos días que uno siente que necesitaba desde hace mucho tiempo: un domingo dedicado a mí mismo. En medio de un maremagnum de aburrimiento en el trabajo y de inercias, nunca viene mal tener un día de esos en los que uno deja fluir la creatividad o hacer lo que el cuerpo le pide.

Me he dado cuenta de que me hacen mucho bien las plantas. Ayer fui con mi pareja a un vivero que desconocía y me flipó enormemente. Nunca había ido a un vivero grande, y ver tal variedad de plantas me dejó fascinado; sentí que tanto verde y tantos colores tenían un efecto relajante en mí. No en vano, el cerebro humano está hecho para vivir en la naturaleza, y supongo que eso tendrá algo que ver, sobre todo para un cerebro maltrecho como el mío, todo el día delante de pantallas, entre paredes de oficina y lleno de pensamientos que más bien son tormentos.



Me dejé llevar por esa sensación y esta semana di un paseo por el parque, aprovechando el sol y los colores que ofrecía tanto verde… el olor de las flores que nacen, un par de garzas buscando comida por allí, unas abubillas con sus crestas graciosas por acá. Medicina para el alma. Terminé mi contacto con la naturaleza arreglando mis macetas y ubicando dos nuevas adquisiciones que me traje del vivero el día anterior, incluyendo plantar algunas semillas de plantas aromáticas (ojalá agarren).

Y, finalmente, dediqué un rato a uno de esos proyectos que siempre tuve en mente desde que tenía 18 años: hacer una web sobre cofradías. Aprovechando que aún estamos de resaca cofradiera tras la Semana Santa, hace ya algunas semanas que empecé a crear una web sobre los coleccionables que tengo de esta época.

Es curioso: hubo una época en la que la prensa en papel de Jerez, durante mi juventud, nos obsequiaba con coleccionables sobre las cofradías por comprar sus periódicos. Con los años fui acumulando un tesoro que ahora, cuando más fotos y material videográfico tenemos de la Semana Santa gracias a YouTube y las redes sociales, no sé si tendrá más o menos valor. Pero el valor sentimental que tienen para mí esa pila de papeles, fichas y libros es inmenso… Es curioso cómo el exceso de todo devalúa cualquier cosa.

El enlace creo que durará un mes, pero la web está aquí, para quien quiera echarle un vistazo a su evolución (ya actualizaré el enlace cuando esté el definitivo):
Mi Cajón Cofrade