Fue una sensación muy placentera y extraña estar en aquel concierto. En el escenario hubo un derroche tremendo de talento, música en directo y mucha, muchísima emoción. Eché la vista atrás y la sala estaba llena, pero tampoco abarrotada, y lo percibí como una muy buena metáfora de cómo vivimos el mundo hoy día: adormecidos por las pantallas y por lo que la industria primero, y un algoritmo después, nos dictan y despreciando las cosas que son bonitas de verdad.
Aun así, tuve una reconexión emocional bastante fuerte… Quizá, de alguna manera, aquella música consiguió por un momento penetrar la anestesia emocional que tantos acontecimientos duros y tanta evolución absurda del mundo me han provocado. Y fue bonito, la verdad. Por desgracia, fue salir del concierto y la anestesia volvió a apoderarse de mí.
Ahora presiento que se avecinan cambios —y aquí me voy a permitir ser críptico, porque aún esto pertenece a la esfera de lo privado o íntimo—. Solo diré que son cambios que me alejan un poquito más de ese mundo auténtico, lleno de cosas reales, de aquellas cosas que aún nos salvan, como escribí en el anterior post.
En el último Benidorm Fest participó el grupo Funambulista, que cantaba una canción muy en línea con las cosas que menciono en este post y en algunos anteriores. En ella canta: “Sobran gilip*llas y me faltas tú”, lo cual es una enorme verdad. Por supuesto, no pasó a la final, dando fe de lo cierta que era aquella letra.
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