Y yo, la verdad, estoy un poco harto de la chispita.
No sé por qué no la tengo, pero tampoco será porque no la busque. Intento tener ilusión. Intento hacer cosas. Intento encontrar algo que me arrastre un poco, que me empuje, que me saque de esta especie de modo ahorro de energía en el que parece haberse quedado mi cabeza.
Pero hace tiempo que la vida me dejó bastante claro que tampoco conviene ilusionarse demasiado. Que las cosas cambian de un día para otro. Que lo que hoy parece estable mañana puede venirse abajo sin pedir permiso. Y cuando la vida me enseñó eso, decidí hacer algo que también se recomienda mucho: valorar lo que tenía.
Y ojo, creo que valorar lo que uno tiene es una buena filosofía. Seguramente sea una de las más sanas. Pero no sé si mi sistema límbico, mi córtex prefrontal o la parte del cerebro que sea la encargada de mantenerme enérgico y con ganas, consigue arrancar solo a base de centrarse en lo que hay.
Porque lo que hay, muchas veces, también cansa.
Pasarse nueve horas delante de un ordenador haciendo cosas aburridas y capeando a gente con lógicas absurdas. Ir a hacer deporte porque dicen que es bueno, aunque a mí me aburra como una ostra. Intentar tocar una canción con la guitarra y que el puñetero acorde de cejilla me haga daño en la mano hasta convertir en desagradable algo que se suponía que tenía que ser placentero. Intentar aprender algo chulo de mi profesión cuando esas mismas nueve horas de trabajo ya me han dejado el cerebro frito. Intentar leer con la cabeza completamente abducida por la dopamina barata de las redes sociales. Jugar a un videojuego y que te maten una y otra vez hasta que, más que divertirte, te desesperas.
Y escuchar música.
¿Por qué ya no vibro con la música?
Eso quizá es lo que más me inquieta. Porque la música siempre ha sido mi refugio, mi termómetro, mi forma de entenderme sin tener que explicarme demasiado. Y ahora muchas veces la pongo y está ahí, sonando, pero algo no atraviesa. Algo no llega al sitio al que antes llegaba.
Vivo. Y agradezco vivir. También agradezco vivir como vivo, porque sé que no es poco. Tengo cosas buenas, tengo gente, tengo techo, tengo cierta estabilidad. Lo sé. No necesito que nadie me lo recuerde.
Pero saberlo no siempre basta para encenderse.
El mechero tiene ya la piedra gastada y no consigo que salte la chispita. A veces parece que hago todo lo que se supone que hay que hacer para estar mejor, pero el mecanismo no prende. Como si por fuera siguiera funcionando y por dentro hubiera algo que no termina de arrancar.
Joer con la chispita.