Pero no ha sido un fin de semana cualquiera, ha sido el de la Semana Santa. A mí me gusta mucho la Semana Santa; siempre he sido muy capillita, desde pequeño. Es algo inusual, porque mi familia tiene cero tradición capillita, pero a mí, desde siempre, me ha llamado muchísimo la atención. Podría contar cómo me surgió y cómo la he vivido desde que tengo uso de razón, pero eso daría para otro post.
Lo importante aquí es lo que la casa de mis padres —aquella en la que me crié en Jerez de la Frontera— me ha transmitido en estas fechas. No sabría describir esa sensación… es como si me envolviera, como si la casa formara parte de las cofradías, de las calles de Jerez por las que transitan, de todo lo que una cofradía lleva consigo al pasar. También es muy característica la sensación del Domingo de Resurrección por la tarde, cuando las procesiones ya han terminado y un capillita como yo se ve invadido por una melancolía especial. Esto se acentúa en años como este, en los que la Semana Santa ha tenido una climatología favorable y todas las procesiones se han vivido y desarrollado en su plenitud. La tarde del Domingo de Resurrección es triste, ocre, muy tranquila, pero también muy acogedora.
Con los años, la vida me llevó a Sevilla y a vivir la Semana Santa más desde esta, mi ciudad adoptiva, que desde mi ciudad de origen. Pero algunos años, como este, tengo que pasar algunos días en la que fue la casa donde crecí y en la que he vivido tantos momentos bonitos, y no tan bonitos. La tarde de hoy ha sido triste… la Semana Santa había acabado y la melancolía del capillita me inundaba… pero también veía que mi madre ya no era mi madre. Ella deambula, tiene la casa llena de juguetes desperdigados como una niña de tres años… y la sensación de ausencia se acrecienta. A las 21 llegó la cuidadora y me fui con la tranquilidad de que mi madre se queda en buenas manos (lleva ya unos años con nosotros). Luego llegó el camino de vuelta a casa.
Como suele ocurrir, yo pensaba: ¿y ahora qué? ¿Qué hacer con esta tarde de Domingo de Resurrección que ahora duele por partida doble?
Seguir viviendo… no queda otra opción.
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